«San Miguel Arcángel, príncipe de la milicia celestial y defensor nuestro, al finalizar este día, quiero honrarte como el guerrero de Dios, como el vencedor del demonio, como el custodio de la Iglesia. Quiero implorarte con todo mi ser, con toda mi alma, con todo mi corazón y con toda mi mente. E esta hora, te invoco y te imploro que en todo momento de peligro o tentación para mí o para los míos nos protejas. Quiero dormir bajo tu escudo protector y poderoso, como un fiel soldado de Cristo. Que duerma en paz sabiendo que tú me defiendes y me libras del mal. Amén.»