MEDITACIÓN DEL DÍA cortesía del Pbro. Luis A. Zazano
Evangelio según san Mateo 18,1-5,10
En aquel momento los discípulos se acercaron a Jesús para preguntarle: “¿Quién es el más grande en el Reino de los Cielos?”.
Jesús llamó a un niño, lo puso en medio de ellos
y dijo: “Les aseguro que si ustedes no cambian o no se hacen como niños, no entrarán en el Reino de los Cielos.
Por lo tanto, el que se haga pequeño como este niño, será el más grande en el Reino de los Cielos.
El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mí mismo.
Cuídense de despreciar a cualquiera de estos pequeños, porque les aseguro que sus ángeles en el cielo están constantemente en presencia de mi Padre celestial.”
Ángeles custodios
1) Acercó: Algo que es necesario tener en cuenta es que uno no puede ayudar a quien no quiere recibir ayuda, por mucho que la necesite. En esto sé mucho, porque traté de ayudar a gente que no quería ser ayudada. No hay peor ciego que el que no quiere ver. Uno no puede ayudar a gente que no quiere ayuda. Uno de los ladrones que estaba crucificado junto a Jesús, el que profería insultos, es un ejemplo de ello: estaba a dos metros de la salvación pero insultaba y maldecía al único que podía ayudarlo. Algunas personas quieren ayuda y otras no quieren ayuda. Hay mucha gente que se resiste al cambio, incluso cuando ese cambio es para algo mejor. Conocí gente que prefiere vivir mil veces de la ayuda social o del gobierno antes que conseguir un empleo. Prefieren que les regalen una casa antes que comprarse la suya. Hay gente que no quiere cambiar. Es muy fácil acostumbrarnos a nuestras muletas. Las muletas (que puede ser tu mamá, tu papá, tu esposo, tu esposa, tu hija, tu hijo) al principio son ayuda y después las tomamos como parte de la normalidad. Hay hijas que se casan y tienen una muleta que se llama mamá. Por años se quejan de que su mamá se mete o que opina demasiado o que se mete en la educación de sus hijos, pero quién tiene la culpa de estar con esas muletas. No podés cambiar si siempre haces lo mismo y estás con los mismos. Jesús al inválido le preguntó si en verdad quería estar sano porque, si estaba sano, tenía que salir a buscar trabajo. A veces necesitamos un golpe de realidad y eso lastima nuestro ego, pero, si alguien nos dice nuestra realidad con amor, puede sanarnos el alma.
2) En medio: Cuando los profesores quieren que los alumnos crezcan, les dan problemas. Y, si alguien nos da todas las respuestas, obtenemos una buena calificación, pero no hemos crecido. Por eso, necesitamos gestionar nuestros dones bajo fuego para poder crecer, madurar. Todos tenemos un potencial no desarrollado. Es importante que te mires y te pongas a ver qué es lo que puedes ver como don a desarrollar en tu vida. ¿Sabes? Yo, desde chico, tuve algunas habilidades. A mis 15 años vendía diario, luego me contrataron a mis 16 años en un semanario para trabajar en la parte de editorial y lo que era el diseño. Ya en esos tiempos me gustaba el tema de la computadora y lo digital. Por eso, cuando tuve mi crisis institucional y me tomé distancia del sacerdocio, descubrí que si no estaba en el clero podra sobrevivir con mis dones. Obvio, entiéndeme bien a lo que me refiero. Me refiero a que, si pasas una relación tóxica, lo primero que te hacen creer es que si te alejas de tal persona o tal institución no vas a poder vivir, pero Dios te muestra que podés salir adelante. Es necesario conocerte y ver en dónde estás parado. No es bueno estar ni sometido ni a la deriva. Invertí todo en el reino de Dios es lo más grande que jamás se te va a presentar. El Señor puede usar tus dones como los cinco panes y dos peces y hacer grandes cosas.
3) Ángeles: Hoy pedí a tu angel de la guarda que te ayude a ver los dones que tienes para ofrecer a los demás. Termino con un poema que se lo vincula con Jorge Luis Borges y que dice más o menos así:
Si pudiera vivir nuevamente mi vida, trataría de cometer más errores.
No intentaría ser tan perfecto, me relajaría más. Tomaría muy pocas cosas con seriedad, correría más riesgos, haría más viajes. Contemplaría más atardeceres, subiría más montañas, nadaría más ríos. Iría a lugares donde nunca fui y tendría más problemas reales y menos imaginarios. Yo fui una de esas personas que vivió sensata, pero, si volviera a vivir, viajaría más liviano. Comenzaría a andar descalzo a principios de la primavera y seguiría descalzo hasta concluir el otoño.
Por eso, querido amigo, amiga, no seas un sepulturero de dones y no dejes que tu vida se termine en un sillón con una mano vacía y con otra mano en un control de televisión. Por favor, no formemos parte de la toxicomanía de este siglo y aprendamos a asumir los riesgos para crecer. Algo bueno está por venir.
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