Padre misericordioso, hay una herida que vuelve a doler cuando la recuerdo. Esta mañana te la entrego, sin fingir que ya está resuelta. Ayúdame a recorrer el camino del perdón con sinceridad y a encontrar apoyo cuando lo necesite. Dame claridad para cuidar mi dignidad y poner límites con serenidad. Que el resentimiento no dirija mis decisiones ni ocupe todo mi corazón. Tú conoces lo ocurrido; acompáñame mientras sano y enséñame a vivir con una libertad que todavía estoy aprendiendo. Amén.